La idea de que la inestabilidad política no está afectando la economía es, simplemente, insostenible. En el caso del Perú, los datos no solo contradicen ese argumento, lo desarman por completo. Hoy el país atraviesa una de las mayores contradicciones de su historia reciente: tiene condiciones externas extraordinariamente favorables, pero crece a un ritmo mediocre. Esa brecha no es casualidad ni mala suerte. Tiene una causa concreta: la inestabilidad política. (gráfico en US$ millones).
Y ahí aparece el segundo punto, aún más contundente: la
inversión extranjera directa. Esta es, por definición, la variable más sensible
a la incertidumbre. Cuando hay estabilidad, fluye; cuando hay dudas, se
detiene. Y eso es exactamente lo que ha ocurrido en el Perú. Mientras economías
comparables como Brasil, México, Chile y Colombia han logrado sostener o
recuperar niveles importantes de inversión tras la pandemia, el Perú se ha
quedado atrás.
Las cifras son claras y no admiten interpretación
complaciente. En 2022, la inversión extranjera directa alcanzó aproximadamente
11 mil millones de dólares. Sin embargo, tras los episodios de crisis política,
la confrontación institucional y la fuerte turbulencia social, en 2023 esa
cifra se desplomó a alrededor de 4 mil millones. En 2024, apenas se recupera a
unos 6 mil millones. Es decir, el país sigue muy por debajo de su propio nivel
reciente y muy lejos de sus pares regionales.
Esto no es una coincidencia. Es una reacción directa a la
incertidumbre. Los inversionistas no operan en el vacío: necesitan reglas
claras, estabilidad y previsibilidad. Cuando un país transmite señales de
conflicto permanente, cambios abruptos y riesgo institucional, el capital
simplemente busca otro destino. No es ideología, es lógica económica básica.
El costo de esta caída en la inversión no es abstracto. Es
concreto y profundo. Si el Perú hubiera mantenido —o incluso aumentado— los
niveles de inversión que tenía en 2022, en un contexto internacional favorable,
hoy podría estar creciendo cerca del 6%. En lugar de eso, está estancado en la
mitad de ese ritmo. Esa diferencia representa empleos que no se crean, ingresos
que no existen y oportunidades que se pierden.
Porque la inversión no es solo un número en una estadística.
Es empleo, es infraestructura, es productividad, es formalización. Cuando la
inversión cae, todo eso cae con ella. Hay menos trabajo, menos recaudación,
menos capacidad del Estado para invertir y menos dinamismo en la economía en
general. Es un efecto en cadena que termina afectando directamente a la
población.
Por eso resulta tan preocupante insistir en que la
inestabilidad política no tiene impacto económico. No solo es incorrecto, sino
que impide enfrentar el problema de fondo. El Perú no está creciendo menos
porque el mundo esté en contra. Está creciendo menos porque no logra ofrecer un
entorno interno que permita aprovechar las oportunidades externas. Negar esa
realidad no la cambia. Solo la agrava.
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