Friday, March 20, 2026

El costo invisible de la inestabilidad política: cómo Perú está dejando pasar su mejor momento

La idea de que la inestabilidad política no está afectando la economía es, simplemente, insostenible. En el caso del Perú, los datos no solo contradicen ese argumento, lo desarman por completo. Hoy el país atraviesa una de las mayores contradicciones de su historia reciente: tiene condiciones externas extraordinariamente favorables, pero crece a un ritmo mediocre. Esa brecha no es casualidad ni mala suerte. Tiene una causa concreta: la inestabilidad política. (gráfico en US$ millones).


Para entenderlo, hay que empezar por lo más evidente. Los términos de intercambio —los precios a los que el Perú vende sus exportaciones frente a lo que paga por sus importaciones— están en niveles muy favorables, incluso superiores a los de hace más de una década, cuando la economía peruana crecía cerca del 10% anual. En ese momento, el país supo aprovechar el contexto internacional. Hoy no. A pesar de tener un entorno externo más favorable, el crecimiento apenas alcanza alrededor del 3%. Esa diferencia no se explica por factores globales, porque el viento externo está a favor. Se explica por lo que ocurre dentro del país.

Y ahí aparece el segundo punto, aún más contundente: la inversión extranjera directa. Esta es, por definición, la variable más sensible a la incertidumbre. Cuando hay estabilidad, fluye; cuando hay dudas, se detiene. Y eso es exactamente lo que ha ocurrido en el Perú. Mientras economías comparables como Brasil, México, Chile y Colombia han logrado sostener o recuperar niveles importantes de inversión tras la pandemia, el Perú se ha quedado atrás.

Las cifras son claras y no admiten interpretación complaciente. En 2022, la inversión extranjera directa alcanzó aproximadamente 11 mil millones de dólares. Sin embargo, tras los episodios de crisis política, la confrontación institucional y la fuerte turbulencia social, en 2023 esa cifra se desplomó a alrededor de 4 mil millones. En 2024, apenas se recupera a unos 6 mil millones. Es decir, el país sigue muy por debajo de su propio nivel reciente y muy lejos de sus pares regionales.

Esto no es una coincidencia. Es una reacción directa a la incertidumbre. Los inversionistas no operan en el vacío: necesitan reglas claras, estabilidad y previsibilidad. Cuando un país transmite señales de conflicto permanente, cambios abruptos y riesgo institucional, el capital simplemente busca otro destino. No es ideología, es lógica económica básica.

El costo de esta caída en la inversión no es abstracto. Es concreto y profundo. Si el Perú hubiera mantenido —o incluso aumentado— los niveles de inversión que tenía en 2022, en un contexto internacional favorable, hoy podría estar creciendo cerca del 6%. En lugar de eso, está estancado en la mitad de ese ritmo. Esa diferencia representa empleos que no se crean, ingresos que no existen y oportunidades que se pierden.

Porque la inversión no es solo un número en una estadística. Es empleo, es infraestructura, es productividad, es formalización. Cuando la inversión cae, todo eso cae con ella. Hay menos trabajo, menos recaudación, menos capacidad del Estado para invertir y menos dinamismo en la economía en general. Es un efecto en cadena que termina afectando directamente a la población.

Por eso resulta tan preocupante insistir en que la inestabilidad política no tiene impacto económico. No solo es incorrecto, sino que impide enfrentar el problema de fondo. El Perú no está creciendo menos porque el mundo esté en contra. Está creciendo menos porque no logra ofrecer un entorno interno que permita aprovechar las oportunidades externas. Negar esa realidad no la cambia. Solo la agrava.

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