En el último debate presidencial en el Perú, quedó en evidencia algo más profundo que la confrontación entre candidatos: la preocupante ausencia de una visión económica clara para el país. Las preguntas centrales —enfocadas en la lucha contra la criminalidad y la corrupción— reflejan, sin duda, preocupaciones legítimas de la ciudadanía. Sin embargo, también revelan una limitación estructural: el Perú discute sus problemas sin articularlos hacia un objetivo mayor, el crecimiento económico sostenido.
Los moderadores, al priorizar estos temas, recogen el pulso de una sociedad golpeada por la inseguridad y el descrédito institucional. Pero al mismo tiempo, contribuyen —quizá sin intención— a encuadrar el debate en un horizonte corto, inmediato, sin estrategia de largo plazo. Los candidatos, por su parte, se adaptan a ese marco: repiten fórmulas, prometen mano dura o reformas éticas, pero evitan lo esencial. Nadie responde a la pregunta clave: ¿hacia dónde debe crecer la economía peruana?En contraste, en diversas economías del este asiático, los debates políticos giran en torno a metas concretas: crecimiento del PBI, aumento del ingreso per cápita, control de la inflación, impulso tecnológico. No se trata solo de promesas, sino de objetivos medibles que ordenan la política pública. La diferencia es clara: donde hay metas, hay dirección; donde no las hay, solo hay discurso.
El caso peruano resulta especialmente preocupante porque no es la falta de diagnósticos lo que limita al país. Existen propuestas, conocimiento técnico y experiencia acumulada. Lo que falta es articulación: conectar la lucha contra la corrupción y la criminalidad con una estrategia de crecimiento. Menos corrupción implica mejor uso de recursos; menos criminalidad, mayor inversión y empleo. Pero esta relación básica no aparece en el debate público.
Así, el Perú parece avanzar sin rumbo definido, atrapado en una dinámica donde los problemas se abordan de forma aislada, sin integrarse en un proyecto nacional. La ausencia de metas económicas claras no es solo una falla técnica; es una señal de debilidad en la gobernanza y en la capacidad de liderazgo político.
El debate presidencial no crea esta realidad, pero la refleja con nitidez. Y en ese espejo incómodo, el país debería reconocerse: no basta con identificar los problemas, es imprescindible trazar el camino. Sin metas, no hay dirección. Sin dirección, no hay crecimiento. Y sin crecimiento, el Perú seguirá caminando en el limbo.



