El Perú no necesita presidentes que busquen aplausos con decisiones fáciles, sino líderes capaces de elevar la productividad, reducir los costos de producir y construir las instituciones que hacen prósperos a los países.
Subir el sueldo mínimo es una decisión políticamente atractiva. Permite anunciar que los trabajadores ganarán más y proyectar una imagen de preocupación por los sectores populares. Sin embargo, detrás de ese anuncio hay una pregunta fundamental que el Gobierno debería responder: ¿está haciendo algo para que la economía peruana produzca más riqueza o simplemente está intentando obtener réditos políticos mediante una decisión de efecto inmediato?
Si Keiko Fujimori apuesta por aumentar el salario mínimo sin una estrategia seria para elevar la productividad, estará eligiendo el camino más fácil: el del populismo salarial.
El Gobierno anuncia, pero las empresas pagan. Hay una realidad elemental que no debe perderse de vista: el salario mínimo lo pagan los empleadores, no la presidenta con su propio dinero.
Son las empresas, los pequeños negocios, los emprendedores y los establecimientos que apenas comienzan a operar los que deben asumir el costo de contratar trabajadores. El Estado establece la remuneración mínima legal, pero no financia directamente cada incremento salarial del sector privado.
Esto no significa que aumentar el salario mínimo sea siempre una mala decisión. Significa que sus consecuencias deben analizarse con responsabilidad económica.
Una empresa grande puede tener márgenes suficientes para absorber un aumento. Una pequeña empresa con ventas reducidas, baja productividad y costos elevados puede encontrarse en una situación muy distinta.
Cuando la remuneración mínima aumenta por encima de la capacidad de pago de determinados negocios, estos pueden responder elevando sus precios, reduciendo contrataciones, recortando horas de trabajo o, en algunos casos, trasladándose a la informalidad. El resultado depende de las condiciones del mercado laboral y de la magnitud del incremento.
Por eso, anunciar un aumento salarial sin explicar cómo se elevará la productividad de las empresas y de los trabajadores es presentar una solución incompleta a un problema mucho más profundo.
Una receta populista que atraviesa las ideologías. El populismo económico no pertenece exclusivamente a la izquierda ni a la derecha. Puede adoptar diferentes discursos, pero suele compartir una característica: privilegiar las medidas políticamente atractivas e inmediatas frente a las reformas estructurales que requieren tiempo, conocimiento técnico y capacidad de gestión.
En el Perú, la competencia política ha convertido muchas veces las decisiones económicas en instrumentos para conquistar respaldo popular. En un país fragmentado ideológicamente, donde la izquierda y la derecha disputan permanentemente la interpretación de los problemas nacionales, ningún sector está libre de caer en esa tentación.
Por eso, si Keiko Fujimori recurre al aumento del salario mínimo como principal respuesta a las dificultades económicas de los trabajadores, su decisión merece una crítica firme. Una propuesta no se vuelve responsable simplemente porque la presente una dirigente de derecha, del mismo modo que no se vuelve correcta por provenir de la izquierda.
La pregunta no es quién anuncia el aumento ni quién obtiene los aplausos. La pregunta es si la medida mejora de manera sostenible el bienestar de los trabajadores y si forma parte de una política económica capaz de generar empleos formales y elevar los ingresos reales.
El populismo consiste en vender como solución definitiva una medida que, por sí sola, no resuelve las causas del problema. La verdadera tarea de un presidente: elevar la productividad
Los países que han alcanzado altos niveles de desarrollo no lo han conseguido únicamente mediante decisiones administrativas sobre los salarios. Su prosperidad se sustenta, entre otros factores, en décadas de inversión, acumulación de capital humano, innovación, infraestructura e instituciones eficaces.
La productividad significa que una persona, una empresa o una economía puede producir más valor con una determinada cantidad de trabajo y recursos. Cuando aumenta, se amplía la capacidad de generar riqueza y de sostener mejores remuneraciones.
¿Cómo puede el Estado contribuir a ese proceso? Primero, mediante infraestructura de calidad. Mejores carreteras, puertos, redes eléctricas, telecomunicaciones y sistemas logísticos reducen los costos de transportar mercancías, acceder a los mercados y desarrollar actividades productivas.
Segundo, mediante una educación pertinente. Una población con mejores conocimientos y capacidades puede utilizar tecnologías más avanzadas, innovar y desempeñar trabajos de mayor valor agregado. Esto exige una educación básica sólida, formación técnica y universidades capaces de responder a las necesidades del país.
Tercero, mediante mejores servicios de salud. Una población saludable puede desarrollar sus capacidades, participar de manera más efectiva en el mercado laboral y sostener su productividad a lo largo del tiempo.
Cuarto, mediante instituciones confiables. Un sistema de justicia que haga cumplir los contratos, una administración pública que reduzca trámites innecesarios y una lucha efectiva contra la corrupción permiten disminuir los costos de transacción y la incertidumbre que enfrentan quienes desean invertir.
Quinto, mediante competencia, innovación y acceso al financiamiento. Las empresas necesitan condiciones que les permitan modernizar sus equipos, incorporar tecnología, capacitar a sus trabajadores y competir en mercados más amplios. Una economía que protege privilegios y dificulta la entrada de nuevos competidores desperdicia oportunidades de crecimiento.
Estas no son reformas que produzcan resultados espectaculares de la noche a la mañana. Precisamente por eso requieren liderazgo político: sus beneficios pueden ser mayores y más duraderos que los de una medida concebida principalmente para obtener reconocimiento inmediato.
Los salarios sostenibles se construyen creando riqueza. Existe una relación fundamental entre productividad y remuneraciones. A largo plazo, el crecimiento sostenido de la productividad laboral permite que los salarios reales aumenten sin generar las mismas presiones sobre los costos que produciría un incremento salarial desconectado de la capacidad productiva.
Esto no significa que los salarios deban quedar exclusivamente a merced del mercado ni que el Estado deba renunciar a establecer una remuneración mínima. El salario mínimo puede cumplir una función de protección para los trabajadores, especialmente cuando existe escaso poder de negociación.
Sin embargo, su fijación debe considerar la inflación, la evolución de la productividad, el empleo formal, la situación de las pequeñas empresas y las condiciones del mercado laboral. El objetivo debe ser mejorar los ingresos sin cerrar innecesariamente las puertas del empleo formal a quienes tienen menos oportunidades.
Una política salarial responsable, por tanto, no consiste en elegir entre proteger a los trabajadores o proteger a las empresas. Consiste en construir una economía en la que las empresas puedan ser productivas, contratar formalmente y pagar mejores remuneraciones, mientras los trabajadores reciben una parte adecuada del valor que contribuyen a generar.
Cuando aumenta la productividad, gana toda la sociedad. El aumento de la productividad ofrece beneficios que van mucho más allá del salario.
Si las empresas producen con mayor eficiencia, pueden reducir sus costos unitarios, ampliar su oferta, invertir y competir mejor. En determinadas condiciones, una parte de esas ganancias puede trasladarse a los consumidores mediante precios más bajos. Cuando la competencia funciona y las mejoras se sostienen, los hogares pueden adquirir más bienes y servicios con sus ingresos.
Así, incluso una persona cuyo salario nominal no haya aumentado puede mejorar su poder adquisitivo si los precios que paga disminuyen en relación con sus ingresos.
Al mismo tiempo, una economía más productiva y formal puede ampliar la base tributaria y proporcionar al Estado más recursos para financiar infraestructura, educación, salud, seguridad y programas sociales bien diseñados.
Esos recursos también permiten desarrollar políticas que reduzcan la pobreza y mejoren las oportunidades de quienes nacen en hogares desfavorecidos.
Naturalmente, estos beneficios no aparecen de manera automática ni se distribuyen por igual. Dependen de la competencia, las instituciones, las políticas públicas y de que las ganancias de productividad se traduzcan efectivamente en mejores condiciones de vida.
Pero esa es precisamente la diferencia entre una estrategia de desarrollo y un simple anuncio salarial: la primera busca ampliar de forma duradera las posibilidades económicas de la sociedad; el segundo puede quedarse en una medida aislada. El Perú necesita una estrategia de desarrollo, no una competencia de anuncios
El país tiene problemas estructurales que ningún incremento del salario mínimo puede resolver por sí solo: informalidad laboral, baja productividad en amplios sectores, deficiencias educativas, infraestructura insuficiente, inseguridad, corrupción y servicios públicos de calidad desigual.
Enfrentar esos problemas exige políticas consistentes, inversión pública bien ejecutada, condiciones favorables para la inversión privada y una administración estatal capaz de convertir los recursos en resultados concretos.
El Gobierno debería explicar qué hará para que las pequeñas empresas sean más productivas, para que los trabajadores accedan a mejores empleos, para que la educación responda a las necesidades de una economía moderna y para que la corrupción deje de encarecer la actividad empresarial.
También debería establecer objetivos verificables: cuánto pretende elevar la productividad, cómo reducirá la informalidad, qué mejoras alcanzará en infraestructura y qué mecanismos utilizará para evaluar los resultados.
Eso permitiría juzgar al Gobierno por sus logros y no únicamente por sus anuncios. Es decir, gobernar es crear las condiciones para la prosperidad
Si Keiko Fujimori pretende demostrar que puede conducir al Perú hacia el desarrollo, no basta con anunciar un aumento del salario mínimo. Debe presentar una estrategia económica que explique cómo se generarán empleos formales, cómo crecerá la productividad y cómo se elevarán de manera sostenible los ingresos reales de la población.
Criticar el populismo salarial no significa oponerse a que los trabajadores ganen más. Significa exigir que las mejoras salariales sean compatibles con una economía capaz de sostenerlas y que la protección laboral forme parte de una política de desarrollo más amplia.
El Perú necesita trabajadores mejor remunerados, empresas competitivas, emprendedores capaces de crecer, instituciones confiables y servicios públicos que funcionen. Para conseguirlo, el Estado debe cumplir su responsabilidad de construir las condiciones que permitan a la sociedad producir más y vivir mejor.
Un presidente no hace más rico a un país simplemente porque ordena que se pague más. Contribuye a hacerlo más rico cuando consigue que sus ciudadanos, trabajadores y empresas tengan las condiciones para producir más valor, innovar, invertir y prosperar.
Ese es el desafío que debería asumir cualquier Gobierno que aspire a desarrollar el Perú. Y esa es también la exigencia que debemos plantear a Keiko Fujimori: menos política de anuncios y más resultados económicos verificables.

