Perú atraviesa una crisis política estructural marcada por la existencia de más de 30 partidos, un fenómeno que no solo refleja diversidad, sino también un problema de fondo: la corrupción institucionalizada desde los propios partidos. La corrupción comienza en el momento en que los partidos seleccionan a sus candidatos y se organizan para la campaña nacional. Allí, la prioridad no es el interés del país, sino la apropiación de los más altos cargos del Estado y de sus recursos, con fines personales.
Esta lógica individualista genera un sistema donde los consensos se vuelven imposibles. Cada partido busca “su negocio”, privatizando decisiones que deberían estar orientadas al interés nacional. Así, la planificación del desarrollo económico y social queda subordinada a los intereses de pocos, mientras las necesidades de la población quedan relegadas.
El interés nacional debería centrarse en pilares claros: inversión pública en infraestructura y educación, lucha efectiva contra la corrupción, eficiencia en los servicios públicos, reducción de la burocracia, crecimiento económico sostenido y generación de empleo formal. Sin embargo, estos objetivos quedan en segundo plano frente al reparto político de ministerios y recursos.
Perú tiene fortalezas innegables: abundantes recursos naturales, inversiones extranjeras, proyectos estratégicos y una población trabajadora y emprendedora. Pero estas ventajas se desperdician cuando la política se orienta al beneficio individual. La experiencia de los países del Este Asiático y, más recientemente, de China, demuestra que el desarrollo requiere disciplina institucional, visión de largo plazo y un compromiso colectivo con la mejora de la calidad de vida de la población.
La fragmentación política y la competencia por los recursos dentro de los partidos reducen la capacidad del país de generar crecimiento económico sostenido y limitar las posibilidades de desarrollo humano. Mientras persista esta cultura política centrada en el interés personal, Perú seguirá desaprovechando sus oportunidades y sus enormes potencialidades.
Es hora de que la política deje de ser un negocio privado y comience a servir al país, al desarrollo, y a la población que tiene las ganas y la capacidad para construirlo.





