La reciente juramentación de los senadores dejó una imagen que trasciende el protocolo. Varios parlamentarios dedicaron su juramento a líderes políticos, figuras históricas o causas ideológicas. Unos invocaron a Alberto Fujimori; otros, a Pedro Castillo. Cada uno expresó sus propias lealtades. Sin embargo, la escena plantea una pregunta incómoda: ¿cuántos juraron, simplemente, por el Perú?
El problema no es la libertad de expresión de los congresistas. El problema es el símbolo. Cuando la lealtad principal se deposita en una persona antes que en la nación, el mensaje es que el proyecto colectivo sigue subordinado al caudillo. Esa lógica ha acompañado al Perú durante gran parte de su historia republicana.
Existe una interpretación histórica, atribuida por diversos autores a observadores chilenos tras la Guerra del Pacífico, según la cual los peruanos combatían divididos por sus líderes políticos más que unidos por una causa nacional. Más allá de que esa afirmación deba entenderse en su contexto histórico y no como una verdad absoluta, refleja una percepción que sigue siendo inquietante: un país donde las identidades personales o faccionales pesan más que el interés nacional.
Han pasado más de cien años y la escena parece repetirse. Hoy ya no se libra una guerra en los campos de batalla, pero el Perú continúa perdiendo otras guerras: contra la pobreza, la corrupción, la informalidad, el atraso tecnológico y la debilidad institucional. No porque falten recursos o talento, sino porque con demasiada frecuencia el debate público gira alrededor de personas antes que de políticas de Estado.
Mientras una parte del país idolatra a Fujimori y otra a Castillo, el verdadero derrotado sigue siendo el Perú. La polarización convierte a los ciudadanos en hinchas y reduce la política a un enfrentamiento de bandos. En ese ambiente, las instituciones se debilitan y los problemas estructurales permanecen intactos.
Los países que lograron transformaciones profundas construyeron consensos nacionales que sobrevivieron a sus líderes. El desarrollo no depende de un caudillo providencial, sino de instituciones sólidas, educación, innovación y una visión compartida de futuro.
La juramentación del Senado debería servir como una llamada de atención. El verdadero compromiso de un representante no debería comenzar ni terminar en un apellido. Debería comenzar con el Perú.
La pregunta que deja esta ceremonia es sencilla, pero decisiva: si nuestros representantes juran primero por sus líderes, ¿quién está jurando por la nación?
Quizá el mayor cambio que necesita el Perú no sea una nueva Constitución, un nuevo partido o un nuevo caudillo. Quizá el cambio más profundo sea cultural: dejar de seguir personas y empezar a construir un proyecto nacional que esté por encima de cualquier líder político. Solo entonces el país podrá librar, con posibilidades reales de éxito, las guerras que aún tiene pendientes.

