La gestión del gas de Camisea ha mostrado cómo un mal diseño de incentivos puede afectar a todo un país. Desde el inicio, el Estado peruano estableció la llamada Garantía de la Red Principal (GRP), un mecanismo mediante el cual se aseguraban los ingresos de la empresa operadora del gasoducto, es decir, los beneficios que la empresa esperaba obtener por transportar gas. Esto significaba que, sin importar si la empresa hacía bien su trabajo o no, el Estado pagaría por los resultados.
El problema central de la GRP es que eliminó cualquier incentivo real para que la empresa fuera eficiente. La compañía conocía sus costos y sus ingresos previstos, y el Estado simplemente le garantizó esos ingresos. Esto redujo al mínimo la necesidad de esfuerzo empresarial, innovación o inversión en el desarrollo del mercado interno. En lugar de construir una operación eficiente orientada a atender la demanda de los peruanos, la empresa priorizó la exportación del gas, buscando monetizar lo más rápido posible lo que el Estado ya había financiado.
Por su parte, el Estado falló en desarrollar las condiciones para que un mercado interno sólido determine la inversión. La infraestructura pública necesaria para expandir el uso del gas en el país quedó insuficiente, y los ciudadanos terminaron pagando la construcción del gasoducto, mientras los beneficios se concentraban en la empresa operadora.
Las consecuencias de este esquema son claras: la debilidad institucional y regulatoria permite que los recursos estratégicos se gestionen en beneficio privado y no en favor del interés público. Para evitar que esto se repita, es urgente fortalecer la capacidad de negociación del Estado, implementar regulaciones efectivas y garantizar que las empresas tengan incentivos claros para operar de manera eficiente, desarrollando al mismo tiempo el mercado interno y asegurando que los ciudadanos se beneficien directamente de sus recursos.
Asi, la GRP se presentó como una innovación financiera del Estado, pero en la práctica se convirtió en un mecanismo que favorece los beneficios privados sobre el desarrollo nacional. La lección es evidente: la inversión pública debe ir acompañada de un diseño institucional que asegure eficiencia, responsabilidad y ventajas reales para la ciudadanía.





