El Perú tiene hoy 18 ministerios sectoriales, además de la Presidencia del Consejo de Ministros. Diecinueve carteras en total para dirigir el país. La cifra, por sí sola, no dice mucho. Lo que sí dice mucho —y preocupa— es la distancia entre el tamaño del aparato estatal y los resultados que recibe la ciudadanía.
Más ministerios no han significado más seguridad. No han significado servicios públicos de calidad sostenida. No han significado un salto decisivo en productividad, industrialización o reducción estructural de la pobreza. El problema no es solo cuántos ministerios existen, sino cómo funcionan y bajo qué lógica se designan sus autoridades.
Durante años, las carteras ministeriales han sido utilizadas como espacios de negociación política. En demasiadas ocasiones, los altos cargos se han convertido en cuotas partidarias o recompensas electorales. Cuando eso ocurre, el ministerio deja de ser un centro técnico de gestión pública y pasa a ser un espacio de poder político. Y cuando el criterio político reemplaza al criterio profesional, los costos los paga el país entero.
Un Estado con demasiadas estructuras dispersas es más difícil de coordinar y más complicado de fiscalizar. Cada ministerio implica viceministerios, direcciones generales, oficinas administrativas, asesores, presupuestos propios. La fragmentación multiplica los puntos de decisión y diluye responsabilidades. Cuando algo falla, nadie responde con claridad.
Reducir el número de ministerios no es debilitar al Estado. Es concentrarlo, fortalecerlo y hacerlo más transparente. Un gabinete más compacto puede ser más coherente en sus políticas, más rápido en su ejecución y más fácil de supervisar. Menos compartimentos, más claridad. Menos dispersión, más dirección estratégica.
Pero la reforma estructural no basta sin un segundo pilar igual de importante: la meritocracia real. Los ministerios deben estar liderados por profesionales con experiencia, formación sólida y trayectoria comprobada. No por cercanía política, no por lealtad partidaria, no por compromisos electorales. La alta dirección pública debe ser un espacio técnico, no un botín.
La permanencia en el cargo debería depender exclusivamente de resultados medibles. Cada ministerio tendría que asumir metas públicas, con indicadores claros y comprensibles para todos: reducción efectiva del delito, crecimiento del empleo formal, disminución sostenida de la pobreza, mejora verificable en salud y educación, avances concretos en infraestructura e industrialización. Los objetivos deben ser específicos, cuantificables y evaluados periódicamente.
La ciudadanía tiene derecho a saber si un ministro cumple o no cumple. Y el gobierno tiene la obligación de actuar en consecuencia: ratificar a quienes alcanzan metas y reemplazar a quienes no lo hacen. Esa continuidad basada en resultados genera confianza, estabilidad y aprendizaje institucional. La rotación permanente por razones políticas solo genera improvisación.
El debate no es ideológico. Es práctico. El Perú necesita un Estado más eficiente, más técnico y más fiscalizable. Un Estado donde las decisiones no dependan del cálculo electoral sino del interés público. Donde los ministerios no sean trofeos de negociación, sino motores de políticas públicas sólidas.
Menos ministerios, mejor diseñados, con liderazgo meritocrático y metas claras pueden marcar la diferencia entre un aparato burocrático que administra inercias y un Estado que transforma realidades. La reforma no es cosmética. Es estructural. Y es urgente.
Porque al final, el ciudadano no mide al gobierno por la cantidad de ministerios que tiene, sino por los resultados que entrega.

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