Wednesday, May 13, 2026

Que podemos aprender de China en el Perú

La reducción de la pobreza en China no fue producto de una sola política ni únicamente del crecimiento económico. Fue el resultado de una combinación de reformas económicas, planificación estatal, inversión pública, apertura al mercado y una estrategia de largo plazo orientada a transformar completamente la estructura productiva y social del país.

Durante décadas, China entendió que el crecimiento debía estar acompañado de organización territorial, industrialización, seguridad y formación de capital humano. El objetivo no era únicamente aumentar el PBI, sino crear condiciones estables para que millones de personas pudieran integrarse de manera sostenible a la economía moderna.

Uno de los elementos más importantes fue la planificación del proceso de urbanización. El Estado chino calculó durante años cuántas personas migrarían del campo hacia las ciudades y preparó infraestructura suficiente para absorber esa transición. La migración interna no fue completamente espontánea ni desordenada. Fue acompañada por construcción masiva de viviendas, expansión del transporte, acceso a servicios públicos y creación de empleo urbano.

Las ciudades se convirtieron en el principal instrumento para reducir la pobreza. Pero no cualquier ciudad: ciudades organizadas, conectadas, seguras y productivas. A diferencia de muchos países en desarrollo, donde el crecimiento urbano genera informalidad, inseguridad y falta de servicios básicos, China intentó que la urbanización funcionara como una herramienta de integración económica.

En muchas zonas urbanas, las empresas no solo ofrecían empleo, sino también vivienda o facilidades para los trabajadores migrantes. El Estado, por su parte, coordinaba con el sector privado la expansión de infraestructura, parques industriales, servicios básicos y transporte. Esto permitió que millones de personas abandonaran condiciones rurales de pobreza extrema y se integraran progresivamente a una economía industrial y tecnológica.

Otro factor central fue la seguridad y el orden institucional. El crecimiento económico necesita estabilidad. En ciudades donde existe seguridad, transporte eficiente y cumplimiento de normas, las personas pueden emprender, invertir y trabajar con mayor confianza. La reducción de la criminalidad y la capacidad del Estado para hacer cumplir las reglas generaron un entorno favorable para la inversión y el desarrollo económico.

La educación también fue considerada una prioridad estratégica. China entendió que la infraestructura física debía ir acompañada de capital humano. Más educación significa mayor productividad, mayor capacidad tecnológica y mejores oportunidades para aprovechar el crecimiento económico. La formación técnica y universitaria permitió crear una fuerza laboral capaz de adaptarse a industrias más complejas y modernas.

Sin embargo, uno de los aspectos menos discutidos del modelo chino es su capacidad de aprendizaje internacional. China no se desarrolló aislándose del mundo. Aprendió de otros países, absorbió tecnología extranjera, atrajo inversión internacional y utilizó mecanismos de transferencia tecnológica para acelerar su industrialización. Posteriormente comenzó a desarrollar tecnología propia, fortaleciendo empresas nacionales capaces de competir globalmente.

Este proceso muestra que un país en desarrollo no puede depender únicamente de exportar materias primas o de importar tecnología indefinidamente. El verdadero desarrollo requiere construir capacidades internas de innovación, producción y tecnología.

La experiencia china también evidencia la importancia de la gobernanza y de las políticas de largo plazo. El desarrollo no puede depender únicamente de gobiernos temporales o de decisiones improvisadas. Se necesitan políticas de Estado sostenidas durante décadas, con objetivos claros en infraestructura, educación, industrialización y modernización tecnológica.

En ese contexto, la meritocracia y la responsabilidad institucional cumplen un papel fundamental. En China, los funcionarios de mayor rango enfrentan fuertes niveles de responsabilidad política y legal porque administran recursos estratégicos para el desarrollo nacional. Más allá de las diferencias culturales o políticas entre países, el principio central es claro: un Estado eficiente requiere instituciones capaces de planificar, supervisar y sancionar de manera efectiva.

El Perú enfrenta hoy desafíos similares a los que muchos países asiáticos enfrentaron décadas atrás: informalidad, desigualdad territorial, debilidad institucional y limitaciones en infraestructura. Sin embargo, la experiencia internacional demuestra que estos problemas no son inevitables. Países que antes eran pobres lograron transformarse mediante planificación, inversión y reformas económicas sostenidas.

La lección principal no es copiar mecánicamente el modelo chino, sino comprender que el desarrollo requiere coordinación entre Estado, mercado, tecnología y sociedad. El crecimiento económico necesita instituciones eficientes, ciudades organizadas, educación de calidad y una visión de largo plazo que permita integrar a millones de personas a una economía moderna.

China aprendió de otros países para desarrollarse. El Perú también puede aprender de las experiencias internacionales para construir su propio camino hacia un desarrollo más ordenado, seguro y sostenible.

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