En el Perú, la política dejó hace tiempo de ser un debate sobre ideas y se convirtió, para muchos, en una guerra emocional. Ya no importa únicamente quién puede generar más crecimiento, más empleo o más estabilidad. Para una parte del país, lo más importante parece ser derrotar, destruir o impedir que “el otro” gobierne, incluso si eso termina perjudicando al propio Perú.
Ese es el gran problema nacional: cuando el odio personal pesa más que el interés colectivo, el país entero se paraliza. Durante años, el Perú avanzó gracias a la estabilidad económica, la inversión privada y la apertura al crecimiento. Millones de peruanos salieron de la pobreza porque hubo empleo, obras, comercio y oportunidades. El crecimiento económico no era una teoría: era la diferencia entre una familia sin futuro y una familia que podía progresar.
Pero hoy el país vive atrapado en una confrontación permanente. Cada elección se convierte en una batalla de destrucción mutua. Muchos ciudadanos ya no votan pensando en quién puede hacer crecer al Perú, sino en quién puede derrotar al enemigo político que odian. Y cuando una nación vota desde el resentimiento, termina castigándose a sí misma.
Porque el crecimiento económico no nace del odio. Nace de la confianza. La inversión llega cuando hay estabilidad, reglas claras y orden. Más inversión significa más empresas. Más empresas significan más empleo. Más empleo significa mayores ingresos para las familias. Y mayores ingresos permiten invertir en educación, vivienda, infraestructura y calidad de vida.
Ese es el círculo del progreso. En cambio, la guerra política permanente destruye confianza, espanta inversiones y frena proyectos. El país entra en incertidumbre constante. Nadie quiere invertir en una nación donde cada gobierno enfrenta sabotaje total desde el primer día y donde la política funciona como una vendetta interminable.
El Perú no necesita fanáticos. Necesita ciudadanos objetivos. No se trata de amar ciegamente a un político ni de justificar errores. Se trata de entender una verdad básica: el país debe estar por encima de las emociones personales. La pregunta que debería hacerse cada peruano no es “¿a quién odio menos?”, sino “¿quién puede generar más crecimiento, más empleo, más infraestructura, más orden y mejores servicios públicos?”.
Los países desarrollados no avanzaron porque sus ciudadanos vivían destruyéndose entre sí. Avanzaron porque entendieron que la estabilidad, el trabajo y la inversión son pilares fundamentales del progreso nacional.
El Perú todavía tiene una enorme oportunidad. Tiene recursos, talento, capacidad emprendedora y una población trabajadora. Pero ningún país puede desarrollarse si vive atrapado en conflictos políticos eternos.
La decisión es simple y profunda al mismo tiempo: seguir alimentando el odio personal o empezar a pensar en el Perú. Porque una nación que vota desde el resentimiento puede ganar una batalla política momentánea, pero termina perdiendo su futuro.

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