Perú tiene un problema que muchos prefieren mirar de reojo: más del 70% de la economía es informal. Sí, leíste bien: más del 70%. Entre las seis economías más grandes de América Latina, somos los campeones de la informalidad. Y no es por falta de talento ni de ganas de trabajar, sino por un Estado que todavía tropieza con su propia burocracia y un sistema que no logra empujar a las empresas a ser más productivas.
La receta no es un misterio: para formalizar a los trabajadores, necesitamos que las empresas sean más productivas. La productividad no solo genera más plata, sino que permite pagar mejores sueldos y cumplir con impuestos sin que todo se vuelva un dolor de cabeza. Y ojo, la inversión extranjera ayuda un montón, pero no cualquier inversión: queremos empresas que sepan jugar en serio, que traigan know-how, tecnología y orden, no solo billetera.
Ahí es donde entra el Estado. Si queremos que la economía crezca formal y ordenada, necesitamos un Estado que funcione: mejor infraestructura, capital humano de calidad, menos burocracia, permisos más rápidos y un sistema político que no parezca un circo fragmentado. Si el Estado es eficiente, ágil y meritocrático, la productividad sube, la informalidad baja, y todos ganamos.
El cambio no será con discursos bonitos ni promesas vacías. Será con productividad, inversión inteligente y un Estado que deje de estorbar para pasar a impulsar. Mientras tanto, seguimos siendo los reyes de la informalidad en Latinoamérica. Y eso, mis amigos, es un problema que ya no podemos seguir ignorando.

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