En los últimos meses, han surgido propuestas para utilizar las reservas internacionales del Perú como una especie de “bala mágica” para financiar infraestructura pública: viviendas, carreteras, colegios, hospitales. A primera vista, puede sonar atractivo: recursos disponibles, problemas urgentes. Pero esta idea es irresponsable y peligrosa.
Las reservas internacionales no son un fondo para cubrir deficiencias presupuestarias ni para compensar la ineficiencia de la administración pública. Su función principal es garantizar la estabilidad de la moneda, del tipo de cambio y del sistema financiero. Tocarlas para otros fines crea un espejismo de solución, mientras se profundizan los problemas estructurales del país.
La falta de infraestructura no se soluciona con dinero fácil, sino con gestión eficiente, planificación rigurosa y transparencia. Usar las reservas para financiar proyectos públicos no abordará los verdaderos obstáculos: la baja productividad, la corrupción, la burocracia ineficiente y la falta de capacidad de ejecución. De hecho, podría empeorarlos. Más recursos sin control aumentan las oportunidades de corrupción y desorden, dejando intacta la raíz del problema: un país que produce poco con los recursos que tiene.
El desafío real es aumentar la productividad del Perú, uno de los más bajos de América Latina. Esto implica invertir en capital humano, meritocracia, gestión eficiente y políticas públicas bien diseñadas. Solo así se generan recursos de manera sostenible, que luego puedan invertirse en infraestructura y servicios públicos de calidad.
Proponer atajos financieros sobre las reservas internacionales es fácil pero irresponsable. Exige poco pensamiento, poco esfuerzo y promete resultados inmediatos que nunca llegarán. Lo difícil, lo real y lo importante es mejorar la productividad y la eficiencia del país. Eso es lo que realmente puede cambiar la vida de los peruanos.
Antes de tocar las reservas, exijamos gestión, planificación y productividad. Ahí está la verdadera solución.

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