El Perú tiene todo lo que se necesita para crecer, de verdad: gente trabajadora, recursos naturales abundantes, emprendedurismo dinámico, ubicación geográfica estratégica y un potencial enorme para atraer inversiones públicas y privadas, nacionales y extranjeras. Sin embargo, año tras año vemos cómo esas ventajas se disipan entre peleas, fragmentación política y corrupción enquistada en el poder.
No es un problema de capacidades materiales ni de falta de talento. El problema es cómo se usa —o se pierde— ese potencial. Porque en el corazón del desarrollo económico late una fuerza que nadie puede ignorar: la estabilidad política y la cooperación institucional. Cuando los políticos pelean entre sí, priorizan intereses partidarios o personales, o se dedican a disputas que no llevan a nada, la economía pierde. El crecimiento no espera, y el capital tampoco.
La evidencia es clara: la polarización política y la corrupción son enemigas visibles del crecimiento económico. Cada vez que el país se divide, cada vez que los acuerdos se rompen y las decisiones se postergan, la inversión se retrae, la confianza de los empresarios se debilita y la economía se encoge. No porque el Perú carezca de recursos, sino porque la política resta donde debería sumar.
Un país con los ingredientes del Perú debería aspirar a crecer sostenidamente al menos 7% anual. Eso no es una exageración; es una mínima ambición razonable si se aprovecha lo que ya se tiene. Pero no bastan las buenas intenciones: se necesita un clima político que favorezca la eficiencia del Estado, la rapidez en la toma de decisiones y la capacidad de impulsar proyectos que generen empleo y movilidad social.
La realidad nos golpea con cifras y con historias: empresas que frenan inversiones por incertidumbre regulatoria, jóvenes talentosos que emigran por falta de oportunidades, obras que se detienen por cambios de gobierno o por disputas entre autoridades. No es solo un problema económico: es un problema de voluntad política, de prioridades, de visión de país.
No podemos seguir aceptando que la política sea sinónimo de suma cero, donde uno gana y otro tiene que perder. En un país como el nuestro, la política debería ser el gran sumador. Sumar acuerdos, sumar estabilidad, sumar consensos mínimos que permitan avanzar. Sumar eficiencia burocrática para que los trámites no sean un obstáculo, sino un puente hacia la inversión y la creación de empleo.
El Perú no necesita líderes que solo piensen en sus cuotas de poder ni en sus diferencias ideológicas. Necesita decisiones que unan, que proyecten y que construyan. Necesita una política que entienda que el crecimiento económico no es un capricho, sino una herramienta de justicia social, de oportunidades para todos.
Porque si algo ha demostrado la historia y lo sigue demostrando la realidad, es que los países que crecen no son los que dividen, sino los que suman, los que coordinan esfuerzos, los que ponen al servicio de la gente una gobernabilidad sólida. El Perú tiene todo para ello. Solo falta que su política entienda que sumar es la única forma de crecer —y de hacerlo al ritmo que nuestra gente y nuestra gente merecen: 7%, y más allá.

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