Sunday, February 22, 2026

Inestabilidad Política que Empobrece Invisiblemente

El Perú no está estancado. Pero está creciendo demasiado poco para desarrollarse. Un avance cercano al 3% anual puede sonar aceptable en el papel, pero es claramente insuficiente para cerrar brechas históricas de pobreza, informalidad, inseguridad y servicios públicos deficientes. Para transformar de verdad la estructura económica y social del país, el crecimiento debería acercarse al 7% sostenido durante años. Y eso no es posible con la actual inestabilidad política.


La inestabilidad no siempre se ve. No se mide en titulares diarios, sino en puntos porcentuales perdidos. Se refleja en inversiones postergadas, reformas inconclusas y proyectos paralizados. Cada crisis política, cada confrontación estéril, cada gobierno débil o con horizonte corto reduce la capacidad del Estado de planificar a largo plazo. El resultado es un país que avanza, pero demasiado lento.

El Perú tiene ventajas objetivas: población joven, espíritu emprendedor, abundantes recursos naturales, ubicación estratégica en el Pacífico y capacidad para atraer inversión privada y extranjera. Pero las ventajas no se convierten automáticamente en desarrollo. Requieren reglas claras, estabilidad institucional y políticas públicas coherentes en el tiempo.

El crecimiento económico sostenido no es producto del azar. Es consecuencia de reformas estructurales bien diseñadas, continuidad en las políticas y confianza en las instituciones. Cuando el escenario político es volátil, esa confianza se erosiona. El inversionista duda. El emprendedor se retrae. El Estado posterga decisiones. Y el país pierde dinamismo.

El costo de la inestabilidad es invisible pero profundo. Si el Perú creciera cuatro puntos porcentuales más cada año durante una década, el impacto acumulado en empleo, ingresos fiscales e inversión social sería enorme. Habría más recursos para educación de calidad, infraestructura moderna, seguridad ciudadana eficiente y reducción real de la pobreza. Sin crecimiento alto y sostenido, la redistribución es limitada y las políticas sociales se vuelven insuficientes.

Los países asiáticos que lograron transformar sus economías no lo hicieron con improvisación ni con ciclos permanentes de confrontación política. Lo hicieron con visión de largo plazo, estabilidad institucional y reformas consistentes durante décadas. El desarrollo exige disciplina política y consensos básicos sobre el rumbo económico.

En el Perú, en cambio, predomina una clase política fragmentada, con incentivos de corto plazo y prioridades particulares. La ausencia de una visión nacional compartida impide sostener reformas profundas en educación, mercado laboral, infraestructura, productividad e innovación. Cada gobierno empieza de cero o deshace lo anterior. Esa discontinuidad tiene un precio: menor crecimiento potencial.

Crecer al 3% puede mantener el statu quo. Pero no saca al país del subdesarrollo. No transforma la calidad de vida. No rompe el círculo de informalidad y precariedad. Para dar el salto hacia el desarrollo se necesita una economía dinámica y, detrás de ella, una política estable.

La estabilidad no significa ausencia de debate. Significa reglas claras, respeto institucional y continuidad en las políticas fundamentales. Significa priorizar el interés nacional por encima del interés particular. Significa entender que el crecimiento económico sostenido es la base del progreso social.

La inestabilidad política sí afecta la economía. La afecta silenciosamente, año tras año, reduciendo nuestro potencial. Y mientras no se construya una dirigencia con visión de largo plazo y compromiso con el desarrollo, el país seguirá creciendo menos de lo que podría y menos de lo que necesita.

El Perú tiene el potencial para despegar. Lo que falta no son recursos ni talento. Falta estabilidad y liderazgo. Sin eso, el desarrollo seguirá siendo una promesa postergada.

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